Querer salir de la confusión es desear que todo termine y empiece de nuevo, es como frotarse los ojos porque no crees eso que ves. Porque no se puede comprender la injusticia y la desazón, la traición, la desilusión o el abandono. Tal vez existan maneras de salir de la vorágine de ideas que nos invaden todos los días para detenerse, observar, pensar, analizar y tal vez así podamos entender...
lunes, 9 de enero de 2012
domingo, 11 de diciembre de 2011
Desvaríos censurados
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Enjaulada...
miércoles, 12 de octubre de 2011
Desde el epicentro...

Contradicciones que se hacen eternas. Palabras que penetran la consciencia y se clavan por ahí, donde más duelen. Pensamientos constantes que se pelean por salir, preocupaciones que se codean esperando una solución que no llega. De a una a la vez, van asomando entre las sombras.
-Mirarte y mirarme de lejos. Verte partir, sentirte escapar. Seguirte, correrte por ahí preguntándome por qué.
-Te descubro, te observo y no te digo. Te huelo, te espero, te veo funcionar para entender lo enrevesado. Te mido. Me mido. Juego con fuego porque me gusta. Digo que no mientras me pongo las botas. Como un adicto que dice “una vez más, sólo uno y ya está, nunca más”, pero no, sigue, y uno más es otro, y otro, y otro. Y el sol asoma y te corre. La noche es escudo perfecto para protegerse de la inclemencia racional de la mañana, pero el amanecer no espera a que termine el juego.
-Correr, correr todo el tiempo, tener sueño, miedo, nervios e inseguridad. No quiero, no puedo, no siento las horas pasar. Pasan, y no dicen nada. Hasta que sí, hasta que me veo por ahí en miradas ajenas que condenan, juzgan, marcan y vacían.
-No quiero. No me gusta. No estoy de acuerdo. No quiero verte partir, escapar. Pero, nunca mejor dicho: quiero verte volar. Te dejo ir, suelto tu mano y no puedo hacer nada para que estés. Para que me ayudes a ordenar la cabeza. Para escaparme de tus planes maquiavélicos y de tus presagios asfixiantes. Me siento y te espero, te voy a ver llegar por el mismo lugar donde te dejé. Ahí estaré, sentada, con una de esas que espían nuestras charlas eternas, mirando sin comprender hacia dónde van nuestros pensamientos. Como si el tiempo no pasara, como si no existiera, aguardo el play en el lime constante. Es que no quiero perderme ninguno.
-Y vos, y vos ¿Qué más querés de mí? Quiero esconderme bajo tu ala pero no me pidas más de lo que tengo para dar. Vendiste humo pensando que yo podía deslumbrar. Y no, no podía ¿Viste que no? Ahora me exigís más, todo el tiempo más y no hay mucho resto. Poco queda en el fondo del tazón, poco queda por encontrar y yo así, tratando de disimular, para que no se note lo que hay detrás de la autosuficiencia y la cara de buenos amigos.
Conversan, cada parte pide lo suyo y demanda su atención. Es latente, constante, se pelean por salir. Pero no hay tiempo. No todos los reclamos pueden ser escuchados, no todas las preocupaciones pueden tener solución. Peguen de a uno por vez y esperen a que pase la lluvia, ahí, tal vez, volveré a sonreír.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Crónica de unos 25 anunciados...

Debo reconocer que en estas semanas busqué sentirme animada al hablar con gente mayor que me dijo “idiota” por tener una crisis “simplemente” por alcanzar esta edad. Que “estás loca”, que “es la mejor etapa”, que “sabes lo que daría yo por tener 25”, y eso, mucho de eso. No sé si me consuela del todo, porque en parte me preocupa estar equivocada y no disfrutar lo suficiente de un momento que podría ser trascendental para la vida, pero qué se yo.
Como chizitos en la cama y escribo estas palabras mientras transcurre lo que, probablemente, sea el año más difícil de mi vida, así que me cuesta diferenciar entre una situación bisagra y un cachetazo más de un Dios caprichoso.
Últimamente pienso mucho en eso de crecer y me pregunto hasta el cansancio cuál es el momento en el que se deja de estar protegido bajo las faldas de la juventud para justificar errores desastrosos. En qué momento comenzas a ser un pelotudo y dejas de ser ese que “pobre, es pendejo, no se da cuenta”.
Tal vez crecer se trata de comprender el valor irremplazable de una cerveza con amigos. O entender que la muerte puede rondar antes de tiempo y que ser viejo no es condición sine qua non para que ataque. Quizás es comprender la finitud de la vida o querer romper una vidriera cuando te dan una mala noticia y pensar antes de hacerlo, creer que eso no soluciona nada, que mejor no.
También se me ocurre que está relacionado con la fortaleza de contener el llanto ante una situación desgarradora, en evitar con todas tus fuerzas que la lágrima se asome por los ojos, que las rodillas se quiebren y te tiren al piso, porque a veces la vida es una mierda y no se puede hacer nada para cambiarlo, pero hay que poner cara de póker.
Se me ocurre otra alternativa relacionada con el arrepentirse. Quién dice que madurar no tiene que ver con mirar para atrás y ver lo que se hizo con el tiempo.
Pero volviendo al balance del cuarto de siglo, no voy a caer en la cursilería de que “no saben lo groso que fue vivirlo en mis zapatos”. No sé, fue normal, nunca me desataqué por nada en particular, no soy ni tan linda, ni tan inteligente, ni tan talentosa, ni tan graciosa. Con un poquito de todo y, de a poco, aprendí a que las cualidades parezcan más de lo que son y ayuden a ocultar la interminable lista de defectos, es un buen manejo de los recursos, pero nada más.
Una vez, en medio de la noche y de regreso a casa en un taxi, un chico me dijo entre risas que siempre iba a deprimirme si hacía balances. Esa idea quedó retumbando en mi cabeza, se ve que hasta hoy, porque me rehúso a creer que puede ser así. Algún día la cuenta tiene que dar a mi favor. El balance puede dar positivo y demostrar resultados consecuentes con un tiempo de esfuerzos. O al menos espero que así sea.
Siguiendo con la terminología económica, puedo decir que el tiempo, hoy más que nunca, se convirtió en un bien escaso e irrenovable que pasa de pronto y sin pedir permiso. Tal es así, que hice una lista con cuestiones pendientes que no pueden ser postergadas ni un día más pero, en vez de empezar a hacerlas. las leo en el cuaderno para no olvidarme de ninguna.
Posiblemente no cumpla con estos objetivos y a los 30 quiera morir en silencio. Probablemente suceda eso, y no que algún día sea una periodista enserio o tenga una casa propia.
Esas ilusiones forman parte de lo que yo creo, puede llegar a ser, algún día, de alguna manera, la felicidad. Pero son eso, ilusiones improbables por las que trabajo y me arrepiento a diario, así que por las dudas, voy a dejar de pensar en ellas.
Pienso mucho en el tiempo y en sus caprichos irrefrenables, pero nos vamos amigando, y no es porque no puedo hacer nada para evitar su paso, sino porque lo relacioné con otra cosa. Entendí que se trata de una sensación similar a esa bipolaridad que aparece al terminar un buen libro. Ese acariciar la contratapa y leer de nuevo lo que allí está escrito. Con la tristeza de que terminó y con la alegría de que esas palabras entraron por los ojos y se instalaron en el inconsciente llenándonos de placer, alegría y tranquilidad. Y quizás eso, sin tanta parafernalia, sea la felicidad.
martes, 30 de agosto de 2011
La mancha...

Aprieta, asfixia, crece, presiona y fatiga. Es una mancha que se extiende desde la boca del estomago hasta la garganta.
Sube y le quita el aire.
La deja caminando confundida, mareada, pensando que en cualquier momento va a copar el espacio, se va a expandir y le va a cortar el aire.
Teme. Las paredes se achican, se le vienen encima, le cortan la visión, le perforan la conciencia.
No puede controlar su cuerpo. Tiembla, llora, grita.
El aire se le corta y piensa en la muerte. Piensa que viene a buscarla, que es el momento y no encuentra salida.
Mira alrededor y no hay nadie, no hay a quien acudir ante tal grado de desesperación. Tampoco entenderían semejante estado de terror.
Las manos se le duermen, el calor sube por la espalda, la cabeza empieza a no entender.
De reojo mira la mesa. Lo ve, lo encuentra ahí, tirado con la hoja brillante y perfecta para el escape. Lo mira pero no se atreve y respira como puede, haciendo fuerza para que el oxigeno entre en sus pulmones.
El desmayo asoma, y espera con ansias que suceda, que la tumbe al piso para dejar de sentir ese descontrol que la lleva hacia la locura.
La atormenta, no sabe si el momento o el terror de que vuelva a suceder. Y ahí, cuando piensa en volver a soportar ese dolor lo vuelve a mirar, ahí sobre la mesa, como esperando, casi burlón.
La mancha crece y no da tregua. La desesperación domina nuevamente la escena. No quiere pararse porque piensa que va a caer pero no soporta esos minutos que se le hacen eternos. La enloquecen, se pierde en el umbral de la incoherencia y no lo tolera.
Se estira. Lo agarra firme, segura, con miedo y motivada por la desesperación.
Lo clava, lo aprieta contra la piel que tira, punza, duele. Duda pero aguanta y hace más fuerza. Presiona y arrastra esperando que pare la asfixia. No sabe qué duele más, sí la mancha o la punta fría que rasga la piel.
No importa, ayuda, cambia el foco y la deja respirar un poco. El aire entra por la nariz, se siente en los pulmones y pasa doliendo por la mancha que presiona demasiado. No sabe qué hacer. Teme dejar de apretar y que vuelva el terror, no sabe si concentrarse en respirar o simplemente presionar hasta que pare.
No entiende, está confundida. Mira a su alrededor buscando respuesta. Ya no sabe qué hacer. El aire pasa y le devuelve la cordura.
Lo tira al piso.
Se deja caer y respira.
Fuma.
El humo le raspa al pasar por la garganta, la mano le tiembla mientras se lleva el cigarrillo a la boca.
Se recuesta agotada por el dolor, se seca las lágrimas y mira la sangre correr.
Pide, pide como todos los días que no vuelva el pánico.
Se desentiende y cambia de tema cuando siente la mancha crecer, presionar, quemar como la hiedra, espera que pase, que se vaya y la deje pensar.
sábado, 27 de agosto de 2011
Cháchara de una tarde en la plaza


