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lunes, 9 de enero de 2012

Luces que rebotan en un sin fin de desencuentros. El ruido opaca los sentidos, confunde y obnubila. Las miradas se pierden entre la nada y el vacío copa el terreno.
Era una de esas noches que no dejan huella, que se esconden entre los recuerdos lejanos, de tiempos mejores. Un estar y no estar, con la cabeza posada en algún lugar tibio y lleno de ternura. Con el cuerpo detenido, frío.
La sensación de nostalgia le sonaba familiar y la asustaba. El no querer estar allí, entre el barullo, las risas y la música. El querer ese otro lado, encerrada en un mundo paralelo, sin esa carencia de sentido.
Pero no, de nuevo el miedo y la incertidumbre salían, como el sol que amenazaba con levantar el velo protector de la noche. Ese no entender que lo desdibuja todo, que enrosca y confunde. Esa angustia, esa ansiedad latente, ahí, siempre.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Desvaríos censurados

Dicotomías perfectas que surgen entre la nada invadiendo la escena. De pronto aparecen frente a mí tapándolo todo y el mundo se convierte en un lugar difuso, no queda más que perderse en el camino incierto que ellos proponen.
La suavidad y la aspereza. La torpeza perfecta que choca sin permitir pensar. Y me pierdo. Y no hay tiempo, no hay frío, no hay noche, no hay día, no hay medias tintas ni preguntas sin respuesta, sólo están ellos que me tientan y obnubilan.
El tiempo, tirano como siempre, confunde y arruina la frescura de un momento que no corre, que no merece terminar y ahí sí que suelto el timón, me dejo fluir.
Me revuelco y me entrego ante ellas que, perfectas, me hacen olvidar que existe un afuera, donde el sol ya salió y arremete lleno de responsabilidades intransferibles, inevitables.
La razón dice:“ACÁ, YO, NO ME FUI” y recuerdo lo inconcluso, ilegible, complejo e inentendible. Pero sigo, sin mirar, olfateando el camino hasta no sé dónde. Corriendo sin destino, sin pensar ni esperar.
Hasta que "PFFFF", de un momento a otro, se va, como si nada y yo aprovecho para escapar, de todo. Gana la tranquilidad pero: “BAAANG”, el deseo se fuga por detrás de las vallas, las represiones y los “SHHH”.
Huyo, no puedo ceder. No hay resignaciones posibles ni guardias bajas. Es una lucha de poderes, una pelea compleja que siempre gana la cabeza (o no, pero hay que hacerle creer que si, para que respire).
Y de pronto: “PUUUM”. Otra vez me cruzo con las líneas perfectas que me embelesan y me hacen perder el eje. Y no puedo, no puedo decir no al frenesí que genera en mi piel la vorágine de sensaciones que fluyen cuando el choque de fuerzas se genera.
Es una batalla que nunca termina, un ir y venir constante: una vez saciado el instinto y aplacado el deseo se conforma a la bestia que, más tarde, despertará ofendida y pedirá más. Un anhelo imposible de soslayar.
Y  las marcas, ay, las marcas, surgen como una prueba de la energía desbordada que se burla de la censura, que escapa y desfigura las formas y los deberes.
¿Que hasta cuándo? No sé, y no importa, algo tan perfecto y delicioso no puede responder al traidor esquema del tiempo. Se perdería en su esencia, se desdibujaría su forma ideal. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Enjaulada...

Hoy desperté con ganas de jugar.
Tal vez fue el sol, el viento que pegaba en la cara, no sé. El pasto tenía un color particular que invitaba a tirarse, revolcarse, mancharse y desparramarse perdiendo por completo la compostura.
Me invadía una necesidad incontrolable de andar descalza. 
De tirar las zapatillas y ennegrecerme las patas con lo que sea. De sentir el frío en los pies, que el pasto pinchara los dedos o se metiera entre la piel.
Tirar la mochila y treparme a un árbol. Subir hasta lo alto y no saber cómo bajar. Espiar desde arriba.
Jugar.
Correr detrás de una pelota, romper algo con inocencia, que no importe si me miran bailar o cantar con la cara deforme.
Abrir la reja y salir sin pudor, revoleando o arrastrando los pies.
Deformar la estructura hasta hacerla desaparecer. Hacerla mierda, darla vuelta, de arriba para abajo, de izquierda a derecha. Romperla del todo y no pelear más.
Jugar. Correr. Salir. Escapar. Llorar. Reír a carcajadas. Romper. Golpear. Destrozar. Acariciar. Besar. Todo quería. 
Impedir ese impulso fue enjaular una parte de mí. 
Fue verme encerrada entre barrotes que limitan el hacer, agarrada entre las hendijas mirando no sé qué.
El aire pasaba igual entre las rejas dando la ilusión de libertad, pero no. Mentía, mentía porque encerraba igual. La asfixia se sintió y la mirada se posó incesante en vaya a saber qué, pero simulaba el edén. 
Una cosa o la otra. Este camino o aquel. La tiranía de los esquemas o la incertidumbre de las letras. 
Es que no jugar se pareció a la novela que nunca empezó. Al cuento que nunca se narró. A la canción que nunca se cantó y a la fotó que nunca se sacó.
Fue lo mismo.
Matar una parte que pedía salir, meterla en la jaula, otra vez.  

miércoles, 12 de octubre de 2011

Desde el epicentro...

Contradicciones que se hacen eternas. Palabras que penetran la consciencia y se clavan por ahí, donde más duelen. Pensamientos constantes que se pelean por salir, preocupaciones que se codean esperando una solución que no llega. De a una a la vez, van asomando entre las sombras.

-Mirarte y mirarme de lejos. Verte partir, sentirte escapar. Seguirte, correrte por ahí preguntándome por qué.

-Te descubro, te observo y no te digo. Te huelo, te espero, te veo funcionar para entender lo enrevesado. Te mido. Me mido. Juego con fuego porque me gusta. Digo que no mientras me pongo las botas. Como un adicto que dice “una vez más, sólo uno y ya está, nunca más”, pero no, sigue, y uno más es otro, y otro, y otro. Y el sol asoma y te corre. La noche es escudo perfecto para protegerse de la inclemencia racional de la mañana, pero el amanecer no espera a que termine el juego.

-Correr, correr todo el tiempo, tener sueño, miedo, nervios e inseguridad. No quiero, no puedo, no siento las horas pasar. Pasan, y no dicen nada. Hasta que sí, hasta que me veo por ahí en miradas ajenas que condenan, juzgan, marcan y vacían.

-No quiero. No me gusta. No estoy de acuerdo. No quiero verte partir, escapar. Pero, nunca mejor dicho: quiero verte volar. Te dejo ir, suelto tu mano y no puedo hacer nada para que estés. Para que me ayudes a ordenar la cabeza. Para escaparme de tus planes maquiavélicos y de tus presagios asfixiantes. Me siento y te espero, te voy a ver llegar por el mismo lugar donde te dejé. Ahí estaré, sentada, con una de esas que espían nuestras charlas eternas, mirando sin comprender hacia dónde van nuestros pensamientos. Como si el tiempo no pasara, como si no existiera, aguardo el play en el lime constante. Es que no quiero perderme ninguno.

-Y vos, y vos ¿Qué más querés de mí? Quiero esconderme bajo tu ala pero no me pidas más de lo que tengo para dar. Vendiste humo pensando que yo podía deslumbrar. Y no, no podía ¿Viste que no? Ahora me exigís más, todo el tiempo más y no hay mucho resto. Poco queda en el fondo del tazón, poco queda por encontrar y yo así, tratando de disimular, para que no se note lo que hay detrás de la autosuficiencia y la cara de buenos amigos.

Conversan, cada parte pide lo suyo y demanda su atención. Es latente, constante, se pelean por salir. Pero no hay tiempo. No todos los reclamos pueden ser escuchados, no todas las preocupaciones pueden tener solución. Peguen de a uno por vez y esperen a que pase la lluvia, ahí, tal vez, volveré a sonreír.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Crónica de unos 25 anunciados...

El cuarto de siglo me persigue y ya no puedo hacer nada para evitarlo. Escribo esto horas antes de que llegue el día en que cumpliré 25 años y ya empiezo a preguntarme por qué hice tanto alboroto al respecto. Pero aquí estoy, gritándole al viento una vez más, usando la primera persona del singular y ordenando mis ideas en unos cuantos caracteres.

Debo reconocer que en estas semanas busqué sentirme animada al hablar con gente mayor que me dijo “idiota” por tener una crisis “simplemente” por alcanzar esta edad. Que “estás loca”, que “es la mejor etapa”, que “sabes lo que daría yo por tener 25”, y eso, mucho de eso. No sé si me consuela del todo, porque en parte me preocupa estar equivocada y no disfrutar lo suficiente de un momento que podría ser trascendental para la vida, pero qué se yo.

Como chizitos en la cama y escribo estas palabras mientras transcurre lo que, probablemente, sea el año más difícil de mi vida, así que me cuesta diferenciar entre una situación bisagra y un cachetazo más de un Dios caprichoso.

Últimamente pienso mucho en eso de crecer y me pregunto hasta el cansancio cuál es el momento en el que se deja de estar protegido bajo las faldas de la juventud para justificar errores desastrosos. En qué momento comenzas a ser un pelotudo y dejas de ser ese que “pobre, es pendejo, no se da cuenta”.

Tal vez crecer se trata de comprender el valor irremplazable de una cerveza con amigos. O entender que la muerte puede rondar antes de tiempo y que ser viejo no es condición sine qua non para que ataque. Quizás es comprender la finitud de la vida o querer romper una vidriera cuando te dan una mala noticia y pensar antes de hacerlo, creer que eso no soluciona nada, que mejor no.

También se me ocurre que está relacionado con la fortaleza de contener el llanto ante una situación desgarradora, en evitar con todas tus fuerzas que la lágrima se asome por los ojos, que las rodillas se quiebren y te tiren al piso, porque a veces la vida es una mierda y no se puede hacer nada para cambiarlo, pero hay que poner cara de póker.

Se me ocurre otra alternativa relacionada con el arrepentirse. Quién dice que madurar no tiene que ver con mirar para atrás y ver lo que se hizo con el tiempo.

Pero volviendo al balance del cuarto de siglo, no voy a caer en la cursilería de que “no saben lo groso que fue vivirlo en mis zapatos”. No sé, fue normal, nunca me desataqué por nada en particular, no soy ni tan linda, ni tan inteligente, ni tan talentosa, ni tan graciosa. Con un poquito de todo y, de a poco, aprendí a que las cualidades parezcan más de lo que son y ayuden a ocultar la interminable lista de defectos, es un buen manejo de los recursos, pero nada más.

Una vez, en medio de la noche y de regreso a casa en un taxi, un chico me dijo entre risas que siempre iba a deprimirme si hacía balances. Esa idea quedó retumbando en mi cabeza, se ve que hasta hoy, porque me rehúso a creer que puede ser así. Algún día la cuenta tiene que dar a mi favor. El balance puede dar positivo y demostrar resultados consecuentes con un tiempo de esfuerzos. O al menos espero que así sea.

Siguiendo con la terminología económica, puedo decir que el tiempo, hoy más que nunca, se convirtió en un bien escaso e irrenovable que pasa de pronto y sin pedir permiso. Tal es así, que hice una lista con cuestiones pendientes que no pueden ser postergadas ni un día más pero, en vez de empezar a hacerlas. las leo en el cuaderno para no olvidarme de ninguna.

Posiblemente no cumpla con estos objetivos y a los 30 quiera morir en silencio. Probablemente suceda eso, y no que algún día sea una periodista enserio o tenga una casa propia.

Esas ilusiones forman parte de lo que yo creo, puede llegar a ser, algún día, de alguna manera, la felicidad. Pero son eso, ilusiones improbables por las que trabajo y me arrepiento a diario, así que por las dudas, voy a dejar de pensar en ellas.

Pienso mucho en el tiempo y en sus caprichos irrefrenables, pero nos vamos amigando, y no es porque no puedo hacer nada para evitar su paso, sino porque lo relacioné con otra cosa. Entendí que se trata de una sensación similar a esa bipolaridad que aparece al terminar un buen libro. Ese acariciar la contratapa y leer de nuevo lo que allí está escrito. Con la tristeza de que terminó y con la alegría de que esas palabras entraron por los ojos y se instalaron en el inconsciente llenándonos de placer, alegría y tranquilidad. Y quizás eso, sin tanta parafernalia, sea la felicidad.

martes, 30 de agosto de 2011

La mancha...

Aprieta, asfixia, crece, presiona y fatiga. Es una mancha que se extiende desde la boca del estomago hasta la garganta.

Sube y le quita el aire.

La deja caminando confundida, mareada, pensando que en cualquier momento va a copar el espacio, se va a expandir y le va a cortar el aire.

Teme. Las paredes se achican, se le vienen encima, le cortan la visión, le perforan la conciencia.

No puede controlar su cuerpo. Tiembla, llora, grita.

El aire se le corta y piensa en la muerte. Piensa que viene a buscarla, que es el momento y no encuentra salida.

Mira alrededor y no hay nadie, no hay a quien acudir ante tal grado de desesperación. Tampoco entenderían semejante estado de terror.

Las manos se le duermen, el calor sube por la espalda, la cabeza empieza a no entender.

De reojo mira la mesa. Lo ve, lo encuentra ahí, tirado con la hoja brillante y perfecta para el escape. Lo mira pero no se atreve y respira como puede, haciendo fuerza para que el oxigeno entre en sus pulmones.

El desmayo asoma, y espera con ansias que suceda, que la tumbe al piso para dejar de sentir ese descontrol que la lleva hacia la locura.

La atormenta, no sabe si el momento o el terror de que vuelva a suceder. Y ahí, cuando piensa en volver a soportar ese dolor lo vuelve a mirar, ahí sobre la mesa, como esperando, casi burlón.

La mancha crece y no da tregua. La desesperación domina nuevamente la escena. No quiere pararse porque piensa que va a caer pero no soporta esos minutos que se le hacen eternos. La enloquecen, se pierde en el umbral de la incoherencia y no lo tolera.

Se estira. Lo agarra firme, segura, con miedo y motivada por la desesperación.

Lo clava, lo aprieta contra la piel que tira, punza, duele. Duda pero aguanta y hace más fuerza. Presiona y arrastra esperando que pare la asfixia. No sabe qué duele más, sí la mancha o la punta fría que rasga la piel.

No importa, ayuda, cambia el foco y la deja respirar un poco. El aire entra por la nariz, se siente en los pulmones y pasa doliendo por la mancha que presiona demasiado. No sabe qué hacer. Teme dejar de apretar y que vuelva el terror, no sabe si concentrarse en respirar o simplemente presionar hasta que pare.

No entiende, está confundida. Mira a su alrededor buscando respuesta. Ya no sabe qué hacer. El aire pasa y le devuelve la cordura.

Lo tira al piso.

Se deja caer y respira.

Fuma.

El humo le raspa al pasar por la garganta, la mano le tiembla mientras se lleva el cigarrillo a la boca.

Se recuesta agotada por el dolor, se seca las lágrimas y mira la sangre correr.

Pide, pide como todos los días que no vuelva el pánico.

Se desentiende y cambia de tema cuando siente la mancha crecer, presionar, quemar como la hiedra, espera que pase, que se vaya y la deje pensar.

sábado, 27 de agosto de 2011

Cháchara de una tarde en la plaza


Lo conocí una tarde de abril mientras corría en la plaza. No eran circunstancias normales, mi relación con el deporte sólo surge cuando el encierro agota mi cabeza.
Abombada, así me sentía, abombada y cansada. Exhausta del destino y de su maldita manía de complicarme la vida. Esa tarde las paredes de mi habitación parecían atacar mi percepción del mundo, ya no podía pensar, no había lugar donde escapar.
Me levanté de la cama con un ímpetu sorprendente, vestí deportiva, me até fuerte los cordones y puse play en el reproductor.
Al salir el aire atinó a refrescarme las ideas. Caminé un par de cuadras, pero no me animaba a correr. Durante años la gente se mofó de la manera en que lo hacía. Gracioso y desgarbado, son los términos que suelen utilizar para referirse a mi andar. De pronto la cabeza empezó a carburar y correr se volvió una necesidad incontrolable.
Me tapé con la capucha y corrí mirando el piso. Las baldosas giraban bajo mis pies y yo sin poder parar de pensar. La música sonaba en mis oídos y yo sin poder parar de correr.
De pronto pensé que mis piernas iban a recordar este enojo al día siguiente, pero seguí. Seguí porque necesitaba que algo detenga la ira que circulaba por mis venas. Corrí no sé por cuánto, tal vez unos minutos, tal vez una hora o quizá más, aunque lo dudo.
En determinado momento mis pulmones pasaron factura por tantos cigarrillos fumados y tuve que detener la marcha. Te vi reír desde lejos, como si mi ahogo fuera un mal chiste contado al pasar. Ahí volvió el enojo incontrolable y corrí (más bien caminé tosiendo) hacia otro lugar. Elongué, o hice como que sabía hacerlo, y me tiré sobre el pasto a mirar el atardecer.
Estaba demasiado agitada para pensar, pero me reconfortaba saber que esa noche dormiría de un tirón, sin desvelarme por la madrugada, sin mirar el techo por horas.
De pronto apareciste, te sentaste sonriendo y puse la mejor de mis peores caras. Me paré y me dispuse a volver. Y ahí te miré, como diciéndote idiota y matate con la misma expresión. Y ahí sí, ahí sí que te vi. Tu sonrisa era ente burlona, tímida y extremadamente dulce. Me detuve en ella unos segundos y bajé la vista rápidamente, como quien dice no, mejor no quiero.
Me fui, y esa noche pensé un poco en vos.
Pasaron las semanas y mantuve este nuevo hábito saludable, tal vez porque mi cabeza seguía contrariada, tal vez porque esperaba volverte a ver.
Orgullosa de mi evolución creí que podría superar el trauma que generan las burlas sobre mi ritmo al andar. Hasta que te vi de nuevo. Esa tarde sentí un frío que me recorrió el cuerpo. No pensé que sucediera, estaba despeinada y bastante transpirada.
Me detuve un instante para verte llegar y seguí corriendo, probablemente un poco más ligero para escapar de tu mirada, para que no notes el bajón de presión que me invadió cuando te vi.
Ese día corriste a mi lado, tan sólo una vuelta para disculparte por aquella risa. Más tarde llegó el momento cursi y una flor mal cortada te pareció la mejor manera de romper el hielo. Me reí como diciendo “qué gil” y aceleré el paso para poner cara de idiota. Así de histérica soy cuando me hablás, yo que me jacto de no serlo.
Mientas elongaba, porque en ese momento ya elongaba de verdad, probaste suerte otra vez. Esa tarde, te di charla porque estaba segura de que me veía muy mal y era sorprendente que aún quisieras hablarme.
Fuiste interesante, no quería que lo fueras, fuiste divertido y eso tampoco quería. En ese momento creí que me derretía como una idiota de esas que no pueden pensar.
Y así, y así algunas veces más. Ya no estaba tan contrariada pero corría porque me gustaba y porque dos por tres te veía. Tres por cuatro te daba charla y cuatro por cinco me hacías reír.
Las relaciones textuales invaden la atmosfera y el invierno llegó y yo ya no corría. Me gustaba más cruzarte en la plaza que encontrarte conectado en el chat. Ahí de pronto ya no fuiste tan interesante, y yo ya no quería messengerear.
El invierno dio tregua y se acercaba la primavera, principalmente se acercaba mi cumpleaños con bajón incluido.
Otra vez volví a correr y te vi, te vi en las baldosas girando, en el pasto de la plaza y me acordé de una tarde en la que te dije: “No me mires a mí, no quieras nada conmigo. Es más, nunca mires a una chica como yo, enamórate de una mujer simple. Que lea Benedetti porque suena romántico y piensa que lo entiende. Enamorate de una chica que piense menos y haga más. Nunca, nunca una como yo”, dije con cara seria, como pidiéndote por favor. Esa tarde te estaba cuidando, te estaba cuidando de mí.
Terminé de decirlo y me arrepentí (como sucede el 80 por ciento de las veces que digo cosas). Me miraste extrañado y en la misma expresión me dijiste loca, pero como si fuera algo lindo.
Ayer volví a la plaza y pensé en vos. Pensé en todo el tiempo que perdí y en lo cobarde que fui. Me puse los auriculares, la capucha y corrí. Esta vez por mí, y voy a volver aunque sé que no voy a verte, pero con la seguridad de que lo hago por mí, con la tristeza de que no te animaste a quererme y con la certeza de que creíste mis palabras.
Ella lee a Benedetti, estoy segura, pero no lo entiende y creo que vos tampoco.